En cada ocasión que comparto mi opinión en Instagram sobre el tema de la pornografía, es habitual que en comentarios salga a relucir el tema de "¿Qué pasa con el porno feminista?". Una pregunta que a estas alturas me resulta tan familiar como otras recurrentes en mi perfil: "¿Qué pasa con el día del hombre?", "¿Qué pasa con las mujeres que sí quieren prostituirse" o "¿De las denuncias falsas no hablas?"
El objetivo de este mecanismo, siempre es el mismo: desplazar el foco a cualquier tema, pero lejos del que estoy señalando. Así que como el mal llamado "porno feminista" no es la excepción, es una buena ocasión para reflexionar acerca de esta etiqueta, qué tiene detrás y por qué hay tanto interés en que se convierta en una discusión.
Digo mal llamado porque feminista no es un género de película pornográfica como pueden ser amateur, hentai, BDSM... El feminismo es un movimiento político, social, económico, académico y cultural que busca la igualdad entre hombres y mujeres eliminando cualquier forma de discriminación o violencia.
Así que primero de todo, sería pertinente preguntarse si la pornografía que se autodenomina "feminista" contribuye a esto o no. Después cuestionarse qué otros movimientos conocemos que hayan inspirado a categorías pornográficas. ¿Existe el porno antirracista? ¿Y el porno anticapacitista? La sola idea ya nos parecería contradictoria y, por qué no decirlo, un poco absurda.
Es cierto que puede existir pornografía que haya sido rodada en condiciones más éticas y seguras para las actrices. Puede incluso haber guiones que eviten la violencia explícita o encuentros donde el placer femenino ocupe el lugar central de la trama. Pero nada de eso lo convierte en feminista. Que una mujer tenga un orgasmo en la película no transforma el marco ideológico de la pornografía por la simple razón de que el feminismo no va de experiencias individuales, sino de señalar las estructuras de poder.
Para entenderlo mejor se puede hacer una comparativa con la industria de la moda para ver si, como con la pornografía, se le puede adjudicar la etiqueta de algo que parece tan alejado de sus propias bases. Si la industria de la moda se sostiene gracias a un consumo constante, en la obsolescencia programada del deseo de lo que tenemos en el armario y en la explotación de recursos y personas, ¿puede ser sostenible?
Se puede hacer moda con tejidos reciclados, materiales respetuosos con la naturaleza o bajo buenas condiciones laborales, pero no diríamos que compensa los efectos devastadores de la industria en su conjunto. Hablar únicamente o centrar las conversaciones en esas excepciones más amigables no cuestiona la contaminación de las aguas y el suelo, de la cantidad de ropa que llega a los países empobrecidos, ni quienes se benefician de ese modelo.
Se deriva el foco a un nicho menos devastador sin realmente cuestionar el origen del problema ni a quiénes deberían responsabilizarse por su contribución al mismo. Con la pornografía ocurre igual. Por eso aunque las condiciones de rodaje, los guiones, las tramas o las escenas difieran, va a seguir siendo una herramienta ideológica de cosificación y control de las mujeres.
El porno feminista, ni es ni feminista ni rompedor. La etiqueta solo sirve para distraernos mientras nos enredamos en eternos debates mientras la pornografía hegemónica, esa que es heteronormativa y pensada para una mirada masculina, seguirá facturando millones a costa de unas escenas delictivas, violentas, machistas, pedófilas y racistas.
Y por eso, lo más feminista que se puede hacer respecto a la pornografía es no consumirla.
Sigue leyendo
No comments:
Post a Comment