Hay un caso que, estos últimos meses, he seguido muy de cerca: el de Gerhardt Konig, juzgado por intento de asesinato a su esposa, Arielle. El anestesista hawaiano organizó un viaje de cumpleaños para su pareja que incluía una visita a un parque natural y, en un mirador, intentó empujarla al vacío.
Fue la resistencia de Arielle con sus gritos de auxilio lo que atrajo la atención de dos senderistas, que acudieron a socorrerla y la encontraron gravemente herida. Ocho horas más tarde, la policía detenía a Gerhardt mientras intentaba huir después de haber estado escondido. En ese intervalo ocurrió algo crucial porque incluso llamó a su hijo -de una relación anterior-, para confesarle que había intentado asesinar a su pareja.
El juicio ya se ha celebrado y el anestesista fue declarado culpable en abril, pero de homicidio involuntario. Un cargo menor al de intento de homicidio con premeditación, que solicitaba la fiscalía, puesto que fue él quien planeó el viaje y, según el testimonio de Arielle, llevaba una jeringuilla con la que también fue atacada.
Lo que ha sido clave a la hora de dictar sentencia fue que Gerhardt alegó perturbación mental. Con ese atenuante, la condena podría ser de hasta 20 años de prisión en lugar de cadena perpetua. Aun así, la semana pasada, el abogado del anestesista presentó una nueva moción para repetir el juicio con la intención de lograr que también sea declarado inocente de homicidio involuntario.
En este tiempo, mientras leía las noticias del caso, pensaba mucho en Arielle. En lo que debe de ser sobrevivir a algo así, para empezar. Un intento de asesinato a manos de la persona en quien confías y a quien quieres. Pensaba también en lo desgastante que debe de resultar un proceso judicial de este tipo, reviviendo cada detalle una y otra vez, y aun con todo, que reciba una condena menor.
Y pienso en lo que debe de ser para ella volver a sentarse en el banquillo para asistir a un nuevo intento de disminuir las consecuencias, quizás presenciar que salga indemne. Porque hay otro aspecto muy cruel: que por un lado, no puede pasar página de esto durante quién sabe cuánto tiempo más -llevan un año de proceso judicial-, y seguir escuchando argumentos que justifiquen que su agresor merece menos castigo.
Por otro lado, qué irónico me resulta que Gerhardt, habiendo alegado perturbación, ha estado dieciséis años ejerciendo su profesión con absoluta normalidad en un hospital. De anestesista, nada menos. Una profesión que exige precisión, responsabilidad y pleno funcionamiento de sus facultades cognitivas, emocionales o conductuales
Ya es casualidad que esa perturbación haya aparecido justo después de un intento de feminicidio. De repente no era él, actuó por un trastorno mental. Y nadie parece cuestionarlo. Tampoco nadie se cuestiona que, como cualquier condenado, esté agotando todas las vías posibles para recuperar, cuanto antes, su libertad. Demasiada lucidez para tanta perturbación.
Qué fácil lo tiene la violencia machista para presentarse como una alteración, un trastorno, una conmoción temporal o un brote. Como si esos hombres solo estuvieran perturbados cuando intentan matar a sus parejas. Aunque aceptar que no se trata de un episodio aislado resulta demasiado aterrador, porque implicaría hablar de algo más incómodo. Supondría reconocer que son comportamientos normales que responden a dinámicas estructurales de control, violencia y posesión sobre las mujeres. Porque eso es lo normalizado.
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