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Tuesday, April 21, 2026

Andrea Rueda, psicóloga: 'No hacerse cargo de los cuidados sigue siendo un privilegio masculino'

Si ahora mismo cogieras mi móvil y abrieras Whatsapp, encontrarías en cualquiera de los chats con mis amigas, mensajes de audio de desahogo sobre sus novios. Que si se va al gimnasio sin problema y yo me quedo con la niña, que si no es capaz de hacerse cargo de una emergencia porque sabe que yo le cubro, que si me toca organizar las vacaciones, que si no limpia nunca el espejo del baño y tengo que andar recordándoselo cada dos por tres…

Entre nosotras nos escuchamos, nos validamos, nos damos los ánimos necesarios y seguimos adelante. Pero siempre sujetas por unos hilos invisibles con los que no tardaremos en volver a tropezarnos, los hilos que nos hacen ser las cuidadoras de las personas de nuestro entorno, que nos hacen moderar el enfado y decirlo todo con voz amable o no pasarnos de pesadas (no vaya a ser que nos deje). Unas normas implícitas de cómo debemos comportarnos y que podrían resumirse en que nos hacen sentir oprimidas a diario.

Precisamente ese adjetivo, Oprimidas, es el título del libro de Andrea Rueda (@dedoloresygloria en Instagram). La psicóloga especializada en mujeres hace un repaso en su nuevo ensayo, publicado por Vergara, de hasta qué punto el malestar que vivimos en nuestra rutina, fruto de la convivencia en pareja, puede no ser tan individual como pensamos, sino una cuestión estructural.

Y, por supuesto, qué mecanismos se ponen en marcha en el caso de poner este desequilibrio de tareas (u otros) sobre la mesa. Como, por ejemplo, el de invalidar nuestros argumentos por la reacción emocional: "Llamarnos locas, intensas o histéricas es una forma de deslegitimar y cuestionar lo que estamos diciendo. El foco deja de estar en el contenido y pasa al cómo: ya no importa qué te duele, sino cómo lo estás expresando".

"Si está loca o es una intensa se sobreentiende que su relato está alejado de la realidad, que es exagerado o mentira. Un ejemplo muy común es cuando una mujer, en mitad de una discusión, empieza a llorar", explica la psicóloga, analizando cómo se deja de hablar de lo que provoca el dolor y se cuestiona el llanto con el clásico: "Así no se puede hablar con ella".

Si cuando mostramos interés o enfado, somos unas intensas o unas locas. ¿De qué manera funciona esto hacia los hombres?

Para que a un hombre se le llame "loco", su comportamiento tiene que ser muchísimo más extremo, al margen de que no es un "está loco", sino "es un loco". Significa cosas muy distintas. Además, cuando se les pone esa etiqueta, lo que se busca no es deslegitimar como sucede con nosotras, sino justificar o no responsabilizarlos de los hechos. En la actualidad se ve muy claro con el uso de la palabra narcisista. Ahora todos los hombres con comportamientos ególatras y violentos parece que lo que son es narcisista. ¿La consecuencia? Que se quita responsabilidad y agencia a sus actos porque "tienen un problema de salud mental". Esta es la trampa constante en la que estamos, la doble vara de medir que hace que los mismos comportamientos reciban juicios distintos si eres hombre o mujer, incluso que etiquetas parecidas signifiquen y sirvan para fines distintos si eres hombre o mujer. No entendemos lo mismo por loca que por narcisista, ni implica lo mismo ser un padrazo que ser una madraza. La doble vara de medir hace que si eres mujeres te exijan más y te perdonen menos. Consecuencia de esta doble vara de medir es la creación de un nuevo lenguaje que suavizan determinadas conductas masculinas, como puede ser lovebombing para hacer referencia al uso de la mentira y la manipulación para generar dependencia en alguien; responsabilidad afectiva para tapar lo que siempre hemos llamado tener empatía y respetar al otro o relación tóxica para normalizar relaciones desiguales o de violencia menos explícita.

En el libro mencionas que una muestra de poder en la relación es que el mando de la tele lo suelen tener ellos. ¿Qué otros ejemplos de parte de los hombres dirías que las mujeres vivimos en la actualidad?

El ejemplo del mando de la tele lo uso para señalar algo importante: el poder no siempre se ejerce en cosas grandes, sino en lo cotidiano. Porque muchas veces cuando hablamos del poder que los hombres ejercen sobre nosotras nos vamos a extremos como que gobiernan el mundo, cosa que es real. Pero necesitamos poder ver ese poder en lo pequeño, en ese hombre que por más que le pidas que baje la tapa del váter, sigue sin hacerlo. El poder tiene que ver con quién toma decisiones sin tener que negociarlas, pero también con quién siente que su tiempo es más propio, con quién ocupa más espacio en las conversaciones, con quién tiene un sitio asignado en el sofá, con quién se adapta menos o con quién se puede permitir vivir en una casa limpia sin encargarse de la limpieza. A todo esto hay que sumarle el entorno digital como nuevo espacio de ejercicio de poder (y sometimiento). A través de las redes sociales y la tecnología los hombres no solo demuestran más poder contra las mujeres que conocen: saber contraseñas, ver a quién siguen en redes sociales, controlar la ubicación, asaltar la intimidad leyendo conversaciones privadas... También pueden hacerlo con mujeres desconocidas con actos como enviar mensajes acosando, amenazando o difamando, uniéndose con otros hombres para cancelar o atacar a mujeres, expandir bulos y mentiras, utilizar la inteligencia artificial para desnudarnos, suplantar nuestra identidad… Han conquistado un nuevo espacio en el que tratar de someternos, pero se han encontrado con que nosotras también lo estamos usando a nuestro favor.

Cuando hablamos del poder que los hombres ejercen sobre nosotras, necesitamos poder verlo en lo pequeño, en ese hombre que por más que le pidas que baje la tapa del váter, sigue sin hacerlo

Si ser educadas en poner a los demás en el centro nos perjudica mientras beneficia a quienes son cuidados sin cuidar de vuelta, ¿cómo tienen que cambiar los hombres su relación respecto a los cuidados?

Creo que el cambio no pasa por convencer a los hombres para que cuiden, sino por dejar de plantearlo como algo opcional, los hombres no tienen que ayudar, se tienen que hacer cargo de que son adultos. Cuidar es una responsabilidad. Y para eso no solo es necesario que lo digamos, es importante que como sociedad lo interioricemos para que entre otras cosas, se señale a quien no se haga cargo de los cuidados. A día de hoy, entre ellos, siguen tachando de "pringado" al hombre que cuida. Mientras ser cuidador se vea como algo humillante y no como algo aspiracional, muchos hombres se seguirán resistiendo a hacerlo. Ojo, que los hombres de hoy en día cuidan más que los de antes y lo saben. Pero sigue sin ser suficiente porque las tareas de casa, crianza y cuidado siguen sin estar equilibradas. Sobre todo aquella parte de las tareas que no se ven de los cuidados: anticipar, planificar, buscar alternativas. Es importante que sepamos que hacen falta las mismas habilidades cognitivas para recordar la fecha de una vacuna que para recordar la fecha de un partido o el último día que tuvimos sexo. La clave es que no hacerse cargo de los cuidados sigue siendo un privilegio masculino. Y es muy incómodo dejar de hacerlo. Por eso no termino de estar cómoda cuando se enfoca el feminismo como una forma de mejorar la vida de los hombres. Siendo honestas, a corto plazo, les va a empeorar la vida. Es necesario tratarlos como lo que son, adultos capaces de comprender que esto no va de que ellos estén mejor, sino de que nosotras lo estemos. Ese "ser para los otros" que tan interiorizado tenemos las mujeres desde pequeñas. Ese cuidar, hacerse cargo y ceder como lenguaje de amor y no como sensación de pérdida de control o poder. El mundo sería mucho más vivible.

¿Y qué podemos hacer nosotras mientras llega ese mundo más vivible?

Que también tomemos acción cuando estamos ante relaciones (sean del tipo que sean) en las que no nos cuiden y que perdamos el miedo a estar solas que nos impide problematizar aquellas situaciones en las que hay un abuso de nuestros cuidados. Y, para mí, algo muy importante también es que nosotras cambiemos el discurso respecto a los hombres que no cuidan o no se encargan, dejemos de conectar con ese "Es que no sabe" y empecemos a comprender que lo que sucede es que viven mucho mejor si no lo hacen. En el libro hablo de cómo sentimos que nos necesitan para vivir y que en realidad, nos necesitan para vivir como reyes. Necesitamos contarnos con claridad que tienen la capacidad de cuidar y no la usan y, por otro lado, soltar ese "Ya lo hago yo, que no me cuesta nada", que nos tiene atadas a no dar valor y reconocimiento a todo lo que implica cuidar.

En pareja nos desconectan el enfado a favor de cuidar el vínculo y que la otra persona esté bien. ¿Podrías explicar por qué es importante estar enfadadas y cómo podemos reconciliarnos con el enfado?

El enfado es una emoción muy valiosa porque aparece cuando algo no está bien, cuando hay un límite que se está cruzando o una situación que nos resulta injusta. El problema no es que no nos enfademos, porque sí que lo hacemos. La clave está en qué hacemos con el enfado. Muchas veces, por priorizar el vínculo o por miedo a la soledad, ese enfado se queda en queja: lo señalamos, lo repetimos, pero no pasamos a la acción. Esta queja es la que está detrás de que muchas veces las mujeres tengamos que hacer frente a ese "Es que eres muy exigente" o "Eres una pesada". Somos pesadas por repetir 100 veces lo mismo, pero no debe ser pesado el que lleva 101 veces haciendo lo mismo. Tenemos que reconciliarnos con la posibilidad de acción y decisión cuando estamos enfadadas. Dejar de esperar que el otro cambie o reaccione para que nuestra vida sea mejor. Nos han robado la autonomía y parece que seguimos esperando a que la bestia se convierta en príncipe, el guarro se convierta en limpio o el frío se convierta en cariñoso. ¿Y si no pasa, qué? Necesitamos empezar a relacionarnos con nuestro enfado como movilizador individual, llegar a ese nivel de agencia en el que nos preguntemos: Vale, y si no cambia, ¿qué voy a hacer yo? ¿Cómo puedo hacer para tener una vida mejor? Fuera de las relaciones de pareja para las mujeres también es muy incómodo enfadarnos porque tenemos miedo a no ser queribles, a no ser buenas mujeres. Necesitamos aceptar que para nosotras mostrarnos contundentes y vehementes es incómodo porque nos sentimos culpables, pero que en realidad es un acto de cuidado propio necesario que nos han robado.

Mientras ser cuidador se vea como algo humillante y no como algo aspiracional, muchos hombres se seguirán resistiendo a hacerlo

Hacia el final afirmas que para vencer la opresión no hay que hablar de sobrevivir, cuidar o reaccionar, sino de resistir. ¿Cómo podemos aplicar esta resistencia en el plano de la pareja?

Para mí resistir implica ir por delante, hacer buenas anticipaciones y saber qué mundo estamos ocupando y aprender a movernos en él tal y como es en lo concreto, no tal y como nos cuentan que es. En el plano de la pareja resistir implica saber que como novia se va a esperar de mí determinadas cosas que quizá no voy a ofrecer y que eso implica asumir el riesgo de no ser elegidas. Una buena forma de resistir es perder el miedo a no tener pareja. En una la presentación de Barcelona hablaba de esto con Marta Cillán, la clave no está en dejar a nuestra pareja si no en conseguir que la pareja no sea el centro de nuestra vida. Y desde ahí, la resistencia es mucho más sencilla porque soy mucho más que "novia de...". Resistir es pasar tiempo con amigas aunque haya aprendido que la pareja está en el centro. Resistir es no entrar a criticar a las ex de tu pareja, a las mujeres de su vida. Resistir en pareja es también dar credibilidad a nuestro criterio, confiar en que tenemos razón (cuando la tengamos) aunque no nos la den. Resistir es anticipar que nos van a señalar cosas que no gustan y que aun así, podemos elegir cambiarlas o no. Resistir es hacerte dueña de tu tiempo. Resistir es también pararte a escuchar y atender cómo reacciona tu cuerpo. Resistir es detectar cuando habla el miedo a estar sola y cuándo habla el arrepentimiento genuino. También es saber diferenciar la culpa adaptativa de la culpa patriarcal. Resistir es al fin y al cabo, dentro y fuera de la pareja, contarnos bien la historia y estar conectadas con nuestro cuerpo y nuestro criterio.

Reflexionas sobre que no hay ninguna ley que prohíba a las mujeres piropear a los hombres por la calle y la mayoría de nosotras no lo hacemos, al igual que no abrimos DM a un desconocido para preguntarle si quiere una sumisa o una sugar mommy. ¿Por qué no son capaces de ver que se relacionan desde la invasión?

Yo creo honestamente que lo ven y lo saben, pero que les da igual. Llevamos años señalando estas conductas, así que la cuestión no es la falta de conciencia, sino la falta de cuestionamiento. Hay algo muy revelador que demuestra que saben perfectamente cuándo están invadiendo y cuándo no. No le preguntan a sus madres si son sumisas o no les envían fotografías eróticas, no abren ese tipo de conversaciones con otros hombres. Es decir, hay una elección en cómo se relacionan y con quién. El problema es que siguen sin percibir a las mujeres como iguales, sino como objetos de deseo. Y cuando no se te reconoce como sujeto, es más fácil invadir, incomodar o cruzar límites sin que eso se viva como algo grave. A esto se suma un contexto cultural donde la pornografía y la normalización de la prostitución refuerzan la idea de que el cuerpo de las mujeres está disponible. Se transmite que se puede acceder a él, utilizarlo o consumirlo, y eso erosiona la empatía y la capacidad de vernos como personas con límites y deseos propios. Por eso no es solo una cuestión de toma de conciencia individual, sino de un marco que legitima que las mujeres sigamos siendo vistas como objetos. ¿Por qué la mayor parte de las mujeres ni piropeamos ni enviamos mensajes de ese estilo a hombres o a otras mujeres? Porque sabemos que son personas dignas de respeto.

Sobre tu frase "Ser mujer en un sistema patriarcal es dar por sentado el trauma", ¿cuál dirías que es la relación con la violencia machista?

Cuando hablamos de que ser mujer en un sistema patriarcal implica dar por sentado el trauma, no me refiero solo a experiencias extremas, sino a una exposición constante, directa e indirecta, a la violencia machista. La relación es clara: la violencia machista no es algo puntual ni excepcional, es estructural. Y esto significa que nos afecta a todas. Porque la violencia tiene muchas formas. Crecemos sabiendo que nuestro cuerpo puede ser invadido, que podemos ser acosadas, agredidas o asesinadas por el hecho de ser mujeres. Pero también crecemos en un contexto donde se nos paga menos, donde asumimos más cuidados, donde nuestro cuerpo está permanentemente expuesto a juicio y presiones y donde tenemos que esforzarnos más para ser reconocidas. Y este conocimiento no es teórico, se construye a través de experiencias propias, de lo que les pasa a otras mujeres, de lo que vemos en los medios, de las advertencias constantes. A ninguna nos deja indiferentes ser conscientes de lo que nos pasa o nos puede pasar por el hecho de ser mujeres. Eso genera un estado de alerta que muchas veces normalizamos: cambiar rutas, avisar de que hemos llegado, medir cómo vestimos, cómo nos comportamos, qué decimos... Por eso hablo de trauma, no como algo puntual, sino como una condición de fondo que nos mantiene alertas de lo que pueda pasar. Como algo que forma parte de cómo habitamos el mundo. Y, por supuesto, ese impacto no es igual para todas: cuanto más vulnerable es tu posición, mayor es el riesgo. Pero no hay ninguna mujer completamente al margen de esa exposición.

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