Hace unos meses, la noticia de que un gigante como Shein estaba comercializando 'muñecas' sexuales con aspecto de niñas, dio la vuelta al mundo. La reacción internacional fue unánime: esto no se puede aceptar. La compañía eliminó esos productos de su página web, pero no fue el final del problema. Varias empresas continúan vendiendo esos y otros modelos y los mandan a domicilio, independientemente de la parte del mundo en la que te encuentres.
Si podíamos caer en el error de que lo único polémico de todo esto era el aspecto infantil de las 'muñecas', estamos pasando por alto algo mucho más oscuro. Esta industria ha sabido moverse entre lo simbólico del lenguaje y el blanqueamiento de sus productos para, no solo hacer negocio y facturar millones, sino contribuir directamente a la cosificación de las mujeres.
Cuando escribí #S3xpidemIA (Loto Azul, 2025), ensayo en el que analizo cómo la tecnología es una herramienta para ejercer violencia de género, reflexionaba en uno de los capítulos sobre lo mucho que me rechina que se les llame “muñecas sexuales” o sex dolls. Primero de todo, porque ya que el lenguaje importa de cara a cómo conceptualizamos el mundo que nos rodea, la construcción es intencional.
Hasta podemos ver cómo opera el mismo mecanismo desde OnlyFans, plataforma en la que usan términos como "creadora de contenido" y "suscripción" y no "explotación sexual". En el caso de las 'muñecas', el objetivo es idéntico. Se busca darle una pátina de inocencia, exaltar que son inofensivas o que solo existen para entretener.
Si pensamos en el concepto de "muñeca" o intentamos definirlo, lo primero que se nos viene a la cabeza es un objeto para jugar. Es engañoso usar el verbo en este contexto, porque si pensamos en los juegos de nuestro día a día, decimos "jugar al pádel", "jugar a Colonos de Catán", "jugar con la Steam Deck"... El uso de las 'muñecas' consiste en penetrarlas por sus diferentes orificios -ano, vagina y boca- y eyacular en su interior de termoplástico (por eso algunas tiendas incluyen una perilla de lavado).
Llamarlas "muñecas" infantiliza y borra la violencia simbólica de este acto. Voy con otro ejemplo, si hago la comparación con una de mis Barbies -la que sí es una muñeca conocida en todo el mundo-, ambas comparten que son inertes y de plástico. Pero si la hago con una mujer humana, ambas tienen vello púbico, temperatura corporal semejante, pecho con areolas y pezones, como comentaba, ano y vagina, tamaño y peso similar, etc.
Es decir, que tiene más en común con “mujer humana” que con “muñeca” y la elección de nombre elimina lo que es en realidad, un cuerpo femenino sintético diseñado para ser usado sin reciprocidad, que está siempre disponible, complaciente, callado y es personalizable y reemplazable.
"Nuestras sex solls siempre están dispuestas a darnos placer y sofocar nuestros más íntimos deseos", dice una de estas empresas en su página web. Y ese es el problema, contribuir a la construcción de un deseo patriarcal de dominación y priorización de los deseos masculinos a costa de una compañía sexual artificial, sí, pero constante y silenciosa.
Monetizar la falta de consentimiento
Si la pornografía funciona como arma ideológica desde los 8 o los 12 años, al construir esta idea de que las mujeres estamos para ser usadas, penetradas y descartadas, siempre destinadas al placer del otro, las muñecas dan un paso más. Con su consumo se alimenta la fantasía patriarcal perfecta de ejercer control y violencia sin recibir resistencia ni afrontar repercusiones.
La capitalización de ese deseo ha movido el pasado 2025 más de seis mil millones de dólares, según la empresa de investigación de mercado Future Market Insights. Miles de millones invertidos en productos que enseñan a desear una sexualidad sin negociación, a no tener en cuenta el deseo de la otra parte y, en definitiva, a practicar sexo sin consentimiento con cuerpos femeninos que solo están para complacer.
Es casi cómico el hecho de que vendan estas maniquís sexualizadas usando narrativas como la de la "libertad sexual" o una solución a la 'famosa' epidemia de soledad masculina. Sin embargo, en el e-commerce de una de esas empresas se encuentran descripciones como: “Su belleza y su encanto te enamorarán, y su compañía te llenará de alegría”. La alegría de su compañía no es otra que disfrutar del realismo de la estructura interna de la vạgina: “con un punto G acompañado de innumerables pliegues y protuberancias internos que desbocarán tu placer y subirá tu temperatura, como lo haría la vagina de una mujer real”.
Volviendo a Barbie, recuerdo que cuando jugaba con esas muñecas con mi prima inventábamos fiestas, viajes, excursiones en la autocaravana… De alguna manera, nos servían para imaginarnos lo que queríamos hacer de adultas, quiénes queríamos ser. Pero estas 'muñecas' para hombres adultos no viven aventuras ni sirven para proyectar sueños de futuro. Cada hombre que la compra hace una declaración clara sobre cómo concibe a las mujeres: como objetos.
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