Los extremos carecen de prestigio social. Nadie en nuestro país se declara identificado con la fauna que protagonizó estos días los disturbios en varias ciudades españolas, o nadie al menos lo admite en público. El hecho de que sus promotores constituyan una amalgama de grupúsculos radicales de distinto pelaje les hace irreconocibles por lo que todas las formaciones políticas, hasta las más extremistas, rechazan esas manifestaciones y se culpan unos a otros de promoverlas.
Lo cierto es que no se advierte ideología alguna tras la violencia callejera desatada aunque algunos de sus protagonistas puedan decirse afectos a determinadas marcas políticas. Es seguro que la inmensa mayoría de quienes practican la barbarie urbana ni siquiera sabría decir en qué línea de pensamiento se encuadran y los pocos que afirman saberlo tampoco serían capaces de señalar el título de un solo libro cuyo autor les haya inspirado ideológicamente y mucho menos citar algún párrafo del mismo. Son, en realidad, una excrecencia social de muy distinta procedencia, una horda amorfa movida desde las redes sociales a la que se apunta lo peor de cada casa.
Conviene no confundirlos con aquellos colectivos que salen a la calle para protestar por el trato que reciben a causa de la pandemia o quienes reclaman medidas o ayudas que palien su situación, movilizaciones legítimas que, en términos generales, han tenido un carácter pacífico a pesar de que elementos ajenos a sus promotores terminen con frecuencia aprovechándolas para provocar altercados.
Tampoco la apariencia debe conducir a engaño; por mucho que traten de sembrar el caos, en quienes practican esta barbarie no reside el germen de revolución alguna. En realidad, ni ellos mismos saben lo que son, ni tampoco la sociedad que quieren; la suya es una violencia sin causa ni objetivo reconocible en la que romper y quemar resulta divertido y tirar piedras a la policía se entiende como un ejercicio épico que libera chorros de adrenalina. Si a eso le pueden añadir la rotura de algún escaparate para llevarse, como hemos visto en algún vídeo, bicicletas, patinetes o camisetas, la juerga resulta perfecta.
Una suerte de juego maldito con fuego real en el que intervienen auténticos profesionales de la guerrilla urbana. Entre los detenidos por las fuerzas del orden aparecen viejos conocidos por su participación en otros altercados de distinta índole.
Elementos con antecedentes policiales que acuden a la refriega tapados con pasamontañas y armados con barras de hierro, bolas de acero y gasolina en las mochilas. Suelen ir deliberadamente indocumentados para, en el caso de ser detenidos, entorpecer lo más posible la labor de los agentes. Nada aportan y ni qué decir tiene que, en raras ocasiones, pagan lo que destrozan.
Es obvio que las duras circunstancias que se derivan de la pandemia han cargado la atmósfera social con un tono de cansancio y desesperanza que favorece y sobrexcita a estos elementos indeseables. También les estimula la polarización rampante y las broncas y discursos altisonantes cuando no insultantes que se oyen en ese ring alfombrado en que se ha convertido el Congreso de los Diputados. Todo eso les empuja, pero nada justifica su inexistente revolución.
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